
Era ineludible: la forma almendrada de los ojos siempre le recordaba el dulce aroma de la suerte de los amores encontrados.
A dos mesas de ahí las imágenes de la nostalgia del luto se repasaban como un triste caleidoscopio color sepia en la mente de la chica de ojos de almendras. Su mirada revivía cómo diez años antes la fatalidad le había arrancado un amor pueril en una broma de mal gusto del destino. Mientras el cabello negro ondulado hacía juego con sus ojos rendidos y pasivos, sus perlas negras y brillantes se conjugaron por un instante en una intersección fatal con los ojos acuáticos de él. El eterno segundo acompasado por la sapiencia de que está todo entredicho, arrancó una complaciente mueca al eterno amante del luto ajeno y del propio.
De pronto sus mal disimuladas indiferencias son distraídas por un niño mendigo que pide monedas golpeando el vidrio que separa la realidad de la vanidad consumista.
Ella lo mira, él lo mira, el niño sabe, entiende, testigo indigente y mudo de amores callados de un Starbucks miraflorino. Un metro con cuarenta centímetros de limosna e incalculables siglos de colonialismo sobre sus hombros, le regalaron la clase de la calle, la que nunca duerme, la que todos temen, la de la maestra supervivencia, la de “un solcito pa’ comer”, un solcito para soñar, piensa él.
Y ella lo vuelve a mirar, las almendras de sus ojos se mezclan con la mueca de una sonrisa nerviosa. Esas aceitunas negras que esconden su luto y se pierden en el vacío recordándolo. Él la mira y se pierde en las mareas de sus cabellos negros acompasados por una tenue brisa. Ella los huele, los mima, recorre con sus dedos inversamente las olas negras que le acarician despacio los hombros para luego terminar con su dedo índice derecho apoyado sutilmente en su labio inferior.
Las paredes imperfectas de una habitación cedían su protagonismo al roce de dos cuerpos húmedos y ansiosos con sus lenguas violándose intermitentemente en oleajes diversos, calmos y tempestuosos, reflejo de las ansias de esas carnes voluptuosas y querendonas, de su boca macha y sedienta mordiéndole suavemente el hombro para luego atravesarle la piel y comerle el corazón hasta el viaje primario.
Él, con su inacabada sed de amor.
Ella, con su mejor vestido: su piel.
El tintineo de la monedita sobre el vidrio del niño clavándole sus resignados e incaicos ojos pobres, lo retrajeron.
Él se negó con sus párpados vanidosos, abrió el libro que había traído consigo y se abandonó a sus letras.
“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, gemía el primer párrafo.
Cerró el libro, apagó por un instante sus ojos como para entregarse inerte a su sentencia, la miró con devuelta complicidad, pagó y fue a su encuentro.
A dos mesas de ahí las imágenes de la nostalgia del luto se repasaban como un triste caleidoscopio color sepia en la mente de la chica de ojos de almendras. Su mirada revivía cómo diez años antes la fatalidad le había arrancado un amor pueril en una broma de mal gusto del destino. Mientras el cabello negro ondulado hacía juego con sus ojos rendidos y pasivos, sus perlas negras y brillantes se conjugaron por un instante en una intersección fatal con los ojos acuáticos de él. El eterno segundo acompasado por la sapiencia de que está todo entredicho, arrancó una complaciente mueca al eterno amante del luto ajeno y del propio.
De pronto sus mal disimuladas indiferencias son distraídas por un niño mendigo que pide monedas golpeando el vidrio que separa la realidad de la vanidad consumista.
Ella lo mira, él lo mira, el niño sabe, entiende, testigo indigente y mudo de amores callados de un Starbucks miraflorino. Un metro con cuarenta centímetros de limosna e incalculables siglos de colonialismo sobre sus hombros, le regalaron la clase de la calle, la que nunca duerme, la que todos temen, la de la maestra supervivencia, la de “un solcito pa’ comer”, un solcito para soñar, piensa él.
Y ella lo vuelve a mirar, las almendras de sus ojos se mezclan con la mueca de una sonrisa nerviosa. Esas aceitunas negras que esconden su luto y se pierden en el vacío recordándolo. Él la mira y se pierde en las mareas de sus cabellos negros acompasados por una tenue brisa. Ella los huele, los mima, recorre con sus dedos inversamente las olas negras que le acarician despacio los hombros para luego terminar con su dedo índice derecho apoyado sutilmente en su labio inferior.
Las paredes imperfectas de una habitación cedían su protagonismo al roce de dos cuerpos húmedos y ansiosos con sus lenguas violándose intermitentemente en oleajes diversos, calmos y tempestuosos, reflejo de las ansias de esas carnes voluptuosas y querendonas, de su boca macha y sedienta mordiéndole suavemente el hombro para luego atravesarle la piel y comerle el corazón hasta el viaje primario.
Él, con su inacabada sed de amor.
Ella, con su mejor vestido: su piel.
El tintineo de la monedita sobre el vidrio del niño clavándole sus resignados e incaicos ojos pobres, lo retrajeron.
Él se negó con sus párpados vanidosos, abrió el libro que había traído consigo y se abandonó a sus letras.
“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, gemía el primer párrafo.
Cerró el libro, apagó por un instante sus ojos como para entregarse inerte a su sentencia, la miró con devuelta complicidad, pagó y fue a su encuentro.




23 Voces han hablado:
Muchas gracias a todos los que me escribieron y a todos aquellos que han seguido viniendo a esta aldea aún estando un poco abandonada. De a poco estoy volviendo…
Feliz regreso entonces, adorado viajero...
Y este final que nos regalaste, perfecto...y que me deja llena de preguntas que algún día espero que puedas responerme.
Nubes de Nutella!
Muack
Siempre serás bienvenido donde somos bienvenidos...
Me alegra que vayas regresando, como decís, 'de a poco'
Un abrazo y otro para ese niño que mira tras la cristalera
Canalla por mi no vuelvas!!
Por mi dejalo todo y asi regresaran las musas a mi lecho.
Con cual de ellas te acuestas?
Seguro las obligas a comer en exceso y engordaron ademas ni vuelan las orondas ...
Tu post? Ah bien, bien, :):):)
Aisss Vocero que bueno no leer tu letra, el manajar se haya en tus entrelineas, en tus palabras no dichas, en tus lados no oscuros y brillantes ...
Saludos desde mi emisora de radio!!!!
Jaaajajaaaaa
Me lo cuentas????
Blonda:
Seguro que sí tendrán respuestas tus preguntas
Rai:
Abrazos a todos los niños de aquel y de este lado de la cristalera.
Fete:
Yo tengo las musas que tu no te robas, canalla !!
Tu emisora? Voy por tu casa a ver...
Gracias por escribir.
Me gusta leerte.
Saludos.
Por simpatía a la causa y porque siempre respeté al ser viviente:
http://torosalvaje.blogspot.com/2009/11/solidaridad.html
Gracias Toro.
Siempre hay una historia para ser contada, miles de vidas que rozan nuestra vida, tan anónimas, tan ellas, tan amargas, tan sutiles.
La sensibilidad se muestra en dosis muy bajas, hoy en dia.
Yo me alegro que a traves de unos ojos como el mar, pueda emocionarme.
besos
Genial.
Cada párrafo parece una pequeña historia.
excelente.
saludos
Qué bien que estas de vuelta aqui!!, te echaba de menos, tu post tan bueno como siempre,
¿has visto que tienes a mi Xavi de seguidor?, jeje, cuando puedas pasa a visitarle por SEMEYES, puedes pincharlo desde mi blog.
Besazo grande amigo.
Me encantó, realmente!
Todos necesitamos un timpo lejos, o erca pero nulos... bienvenido de vuelta! Y tenes un premio en mi blog! (va dos)
Un beso con gotitas de agua!
Se te extrañaba... Pero vuelves con fuerza.
Un abrazo
Así es, siempre hay que explicarme todo, estoy hambrienta de explicaciones. Jaja.
Hermoso texto, Vocero, ha sido un placer leerlo.
Besos,
ariadna (a.k.a. Libera)
De nuevo por aquí. ya echaba de menos tus mágicas palabras:)
Nuestros ojos... ventanas a la vida. Imaginarios envueltos en cristales empañados del último aliento que intenta decirnos algo.
Dejo mis huellas transparentes en los ojos color del mar, ellos, sabrán qué decir, ellos sabrán qué contar.
Mientras tanto...tic tic....la monedita sigue sonando...
besos a través del mundo
Siempre me han dicho que tengo los ojos almendrados. Hace poco descubrí que era todo un halago.
Me gusta tu voz.
Te espío desde Casablanca.
Ella, con su mejor vestido: su piel. Vocero cada vez me gustan más tus letras y, cuando no estás, tu ausencia se hace dura. Gracias por volver.
Un beso
bienvenido de regreso!!!
me colgue leyendo, lindo texto.
beso vocero. te sigo
Que hermoso lo que escribis!!!!
Me enamore.
Un beso
Ahhhiiiiiiiiii Vocero ...
Que bello tu blog y que armonia en tus palabritas :)
Eres un Don Juan ...
Pero ya me advierten que no me acerque en demasia a vos ... Te ves con las musas y las compañias femeninas ...¿?¿?
Bueno te esperare en mi rinconcito para vernos y conversar, tomar un buen mate o cafe!!!
Vocero J`taime!!!!
A TODOS:
Muchas gracias por vuestros comentarios. Mil disculpas por no pasar seguido por vuestros blogs pero ultimamente el tiempo me es tirano :(
Turra Cordobesa: El verificador de palabras no me permite dejar comentarios :( No sé que pasa...
Lucia: Muchas gracias, ya pasaré por tu casa.
Y MILLON DE GRACIAS A TODOS.
me encanta todo lo que escribes..!!! te adoro!!!!
me encanta todo lo que escribes..!!! te adoro!!!!
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