viernes 17 de septiembre de 2010

Gión

Y el último fósforo se apagó mientras prendía la vela que aún le quedaba en sombra. Bajó la mirada, lánguida y desnuda de toda nostalgia pasada. Lo esperaba al interior de su habitación mientras repasaba mentalmente todavía las nerviosas ansias de la juventud.
No obstante su condición, esta vez ella deseaba. Sentía.

Sus pasos machos pero discretos se acercaban, sordos e impiadosos como lo fue el destino hasta entonces.

Finalmente por esa única, irrepetible y quizás última ocasión, trocó su mejor kimono por el mejor vestido: su propia piel.

miércoles 19 de mayo de 2010

Hambre


Sentado sobre los escalones de un edificio, te observo comiendo. Con la cabeza gacha y tu masticar automático y solitario como si fuera un ritual forzado, te esfuerzas por tragar bocado tras bocado, sin jamás levantar la vista que se pierde en la inmensidad de tu plato y el vacio físico de tu angustia oral que tanta hambre te provoca. Piel y hueso, la lánguida inmensidad de tus ojos es la angustia del mundo.
Me levanto para acercarme a ti, quizás solo te alcance un gesto, una caricia, un abrazo, sentirte menos sola de lo que estás, criatura activa de un mismo creado.

En el mercadillo dominical el bandoneón del viejo de la esquina tararea un tango añejo con sabor a nostálgica ginebra para alejar a los fantasmas de los fríos, los del tiempo que son y que fueron. Sus ojos brillan intermitentes al ritmo del tintineo del caer, más por inercia y culpa que por ayuda sentida, de cada moneda que rebota sobre las paredes arrugadas de su lata semivacía.

Finalmente te alejaste, a paso lento, metro a metro, baldosa a baldosa, decímetro a centímetro. Justo antes de doblar la esquina claudicaste. Giraste levemente tu cabeza y una leve sonrisa me terminó de despedir.
Hasta la próxima semana, mi dulce ángel, cuando volverás a masticar forzadamente lo que las limosnas deparan para ti. Y para el viejo del bandoneón de la esquina, que las convierte en pan para tus dientes.
Él, tu amo y eterno fiel compañero.

viernes 14 de mayo de 2010

Efectos colaterales


Esa fiesta organizada por un amigo en común, traería serios efectos colaterales.

Ese metro y setenta centímetros de rizos y ojos verdes se presentaron seductores con unos Oxford lo suficientemente ajustados como para acaparar la miradas de los presentes. En la esquina opuesta de la habitación, viajando a través de la luz y la multitud vociferante, el metro y ochenta centímetros de porte atlético y perfil austero no podía dejar de observar cautivado a esa mujer que, con una r pronunciada a la francesa, intercambiaba sonriente discursos más o menos interesantes con sus alrededores.
Tanto ella como él habían ido a esa fiesta en buena compañía pero jamás habrían imaginado que ese encuentro fortuito se convertiría, años más tarde, en algo más que un kamasutra visual y a la distancia pasando así a tener efectos colaterales impensados.

Pocos años pasaron pero ella, genovesa de estirpe, ya había logrado armar y desarmar su vida en un soplo. Soplido que, entre otras lágrimas, le había traído una sonrisa llamada Verónica, hija de un primer matrimonio estudiado y contraído más para escapar de casa que por amor. Amor que se traspapeló entre papeleos de un divorcio acontecido cuando te das cuenta que te has casado con un amigo y no con el hombre amado.

La relación con Livia no había dado los frutos esperados. El joven y atlético romano ya se encontraba a merced de sus andanzas de soltero, de amores más o menos estables pero que nunca supieron cautivarlo como aquellos ojos verdes en aquella fiesta guardada en un rincón del recuerdo.

Así empezó una búsqueda no buscada entre ambos, azares no tan azarosos escondidos tras pequeñas reuniones y preguntas a escondidas sobre el otro a amigos comunes. Como dos polos opuestos, inevitablemente el desenlace sería, años más tarde, una regresión a ese kamasutra esta vez ya no tan visual, la decisión de una compañía mutua y de aventuras por los portugales y las costas africanas.
Y sobre una de esas costas marroquíes, en una combi destartalada a orillas del mar, el sonido de las olas se confundió con la fusión de gemidos que se hacía fluido y se dejaba corromper por el placer de la lentitud.

La atracción de dos polos opuestos siempre termina en una fusión. Y una fusión siempre tiene efectos colaterales: un ser.

Exactamente treinta y ocho años después, justo un día como hoy, ese mismo ser escribiría las fugaces andanzas que dieron origen a su existencia.

domingo 9 de mayo de 2010

Desordenado desahogo póstumo In Memoriam a lo nuestro


La jaula de piel en la que estoy atrapado se cansó de buscarte. Esperé en cada aliento a que encontraras el sendero hacia mi prisión.

Letreros más o menos disimulados, carteles de auxilio, gritos sofocados apenas por el respeto. Y luego…silencios gritones y despiadados, miradas amenazantes, pupilas iracundas.

Ya no quiero el apaciguado y armónico orden de lo no dicho.
Ya no quiero la muerte en vida de los sentidos.
Ya no quiero una vida póstuma mientras vivo.
Ya no quiero tu cable a tierra.
Ya no quiero tu ser Señora, tus sabias frases, tu miedo a molestar.
Ya no quiero tu decirme todo con los ojos y nada con el cuerpo.
Ya no quiero tu pan de cada día, al día posterior.

“Necesito que me aten a la pata de una cama y que no se queden con las ganas de saber cuánto amor nos cabe de una vez”

Necesito alto voltaje.

Al menos por una noche.

martes 4 de mayo de 2010

Soliloquios dialogados (Experimental)


No me encuentro y no sé dónde empezar a buscar, no paro de salir ni de estar adentro, tengo insomnio pasajero y agotamiento diurno. No logro centrarme en nada y por tanto a nada llego. Lo que durante años pensé tener firmemente agarrado lo siento escurrirse de mis manos con la misma facilidad con la que se te va una burbuja de jabón soplada al aire o una tímida brisa que pensabas tener bien sujeta a ti, que te hace fuerte y te alienta pero que, cuándo más la necesitas, te das cuenta que nada tienes sino aire.
Necesito mirarle a los ojos y pensar que saldremos adelante, me repito a cada instante.
No sé vivir sin pasión, la busco, la invento, la redibujo en sus ojos, en las noches en las que, tras hacer el amor, me fumo algo para recomponer las fuerzas para empezar de nuevo, sustentar mi agotamiento interno, desarticular mi tortícolis provocada por no querer mirar hacia el costado dando continuamente segundas, terceras e infinitas posibilidades a una relación sin un final con sorpresa, en la que uno tira y el otro también. Pero del lado opuesto.
O todo para que, en fin de cuentas, los pequeños cimientos de (sur) realismo que siento bajo mis pies desnudos me mantengan en puntillas pero estable. Yo misma soy bailarina de mi propia vida. Y ahora que, acostados los niños y segura de que la ausente presencia de él está ya inerme y dormida en la cama, doy riendas sueltas a mi imaginación recorriendo a la velocidad de la luz un mundo entero plagado de letras y músicas.
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La mayoría de los finales de tus días de primavera tienen gusto a otoño avanzado, letras y voces lejanas. Tal vez a tan solo unas calles de ti, vegeto yo, un bestiario antropomorfo masturbándome el ego, un puerco que no logra ser dueño ni de sus palabras y remplazo mi vacío emotivo copiando poemas ajenos y haciéndolos pasar por propios para llenar mi solitaria frustración existencial.
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En este hemisferio el otoño ya irrumpió prepotentemente dejando atrás los recuerdos casi borrosos del amor veraniego que dejó huellas en mí. Ese amor que me había devuelto furtivamente las ganas de creer, de confiar, de soñar. Yo, muchacha activa pero de domingos remolones después de sábados llenos de cervezas y chilcanos, me refugio por las noches en mi música y recuerdos de aquel muchacho que jamás se irá de mi corazón. Con poco menos de treinta otoños sobre mis hombros, recuerdo cómo el sonido del mecerse íntimo de las caracolas acompañaba nuestros momentos de pasión en aquella habitación frente al mar.
Pero ahora, en estas noches y a solas conmigo misma, no dejo de preguntarme el por qué siempre pierdo todo lo que quiero. O quizás no. Dejaré viajar mis sueños de la mano de ustedes para traspasar la velocidad de la luz y aposentarlos en algún lugar imaginario del globo terráqueo.
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Y yo aquí, al sur y a orillas de un río que supo ser carruaje de plata y oros de otros tiempos y lugares, me enciendo un cigarrillo tras de otro observando como todo sueño se me hace humo. Mis noches son invadidas por imágenes de tango con tajos en la falda, hombres que huelen a contención, ternura y desayuno en la cama. Y a la espera de que alguien sepa arañarme el corazón con un adjetivo inspirado y posesivo, viajo por los vaivenes de mis tiernas fantasías con la esperanza de que el Año Nuevo no me traiga lo nuevo, sino tan solo lo bueno y certero. Enviaré mis deseos para que den la vuelta al mundo en ochenta segundos.
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Por aquí es un día gris, uno de esos días en los que daría lo mismo ir al cine o a un entierro.
Vuelvo a mi casa para cenar con mi gato. La tímida luz del estar refleja las sombras que los libros dejan plasmadas sobre las paredes. Soy un puerto maltratado por las olas. Pocos amores, todos frustrados, algunos cobardes, otros usureros, algunos quizás aún vivos. Mi cama es una de dos plazas, al singular. Viajaré por los océanos modernos hacia ti para que, aunque no llenes mi cama, nutras mi alma.
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Soy una abuela sin nietos, mi seco vientre, aunque amado hasta el delirio, nunca pudo dar sus frutos. Tengo arrugas en la cara, una línea por cada día sin verlo tras su muerte. Religiosamente cada noche preparo la cena para dos a sabiendas que una porción siempre termina inexorablemente sobrando para el día siguiente. Los radiales para viudos de las medianoches han sido remplazados por tecnologías más innovadoras. Me gusta leer y, al hacerlo, siento como si viajara con él, mi amado ausente.


Almas, simplemente personas que, inconscientemente o no, liberan por un instante anhelos y sueños perdidos en cajones remotos y conectan, en el mismo idéntico momento, sus soledades internas en un mismo espacio, desde geografías y horarios diferentes.
Un clic errático pero siempre definido y minuciosamente dirigido hacia la pantalla de un blog dibujado por otro ser, también en soledad.

miércoles 28 de abril de 2010

Visage


El día más ansiado, el más deseado. Hoy te veré.

El tiempo transcurre veloz detrás de este vidrio que nos separa del mundo y los vaivenes agitados de transeúntes con frentes compungidas. Las hojas caen y forman remolinos desordenados y viajeros. Justo en frente, una pareja de lenguas sensuales comparten un helado. El señor de todos los días mira su reloj y apura el paso.

Al fin te acercas y me rozas. Hace una semana que te espero. Hoy cambiaste de perfume y el olor de tu pelo me transporta a un arbolado de manzanos. Me gusta cómo me cuidas, me mimas, lo importante que soy para ti en este momento y el cuidadoso detalle que curas en mí. Y mientras tus manos me desabotonan despacio la camisa imagino hacerte lo mismo, amarte frente a todos.
Te alejas un poco, ganas perspectiva. Y mientras tu dedo índice izquierdo se apoya suavemente sobre la parte derecha de tu labio inferior, sé que te imaginas violándome en un sofá cualquiera, en una estación de autobuses vacía, en un ascensor detenido por una alarma de incendio interior.
Te acercas de nuevo y tus pupilas traslucen tus deseos más íntimos y animales, tu principio de realidad sucumbe inefablemente ante el del placer más desenfrenado e irracional. Me abrazas, me desnudas con el detalle, para luego recrearme dejándote llevar por tu imaginación que nos traslada juntos y de la mano a un café cualquiera en París, Roma, o Madrid sobornados por una Bohème anacrónica.
Te agachas, me sacas los pantalones y me revistes de tu ideal con esa mezcla tan particular que tienes, ese don de saber combinar el voyerismo con el exhibicionismo que manejas con tanta sutileza que volverías loco al más loco de los cuerdos.
Me gusta ser el único protagonista de estos cinco minutos de tu semana.

Tengo ganas de remplazar mi soledad por tu silencio, de que sepas que mi amor es solo para ti. Quiero ser un agente activo de tu existencia y dejar de ser espectador mudo de mi mismo.
Tengo ganas de que haya un tú y un yo húmedos sobre una pared cualquiera de una calle transitada en un descampado remoto, imaginando tu boca soberbia de labios carnosos regurgitando todo el amor que le cabe a mi garganta.
Tengo ganas de que tengas ganas de tenerme a mí y dejar de ser por un instante tus cinco minutos a la semana de lo que quisieras que yo fuera.
Tengo ganas de salirme de este disfraz, despojarme de esta piel cocida a máquina y dejar de ser, aunque sea por cinco minutos de tu semana, un simple maniquí.

domingo 25 de abril de 2010

Competencia desleal

Y ahora, ¿cómo hacemos?

¡Exijo un Comité Internacional de Ética!

miércoles 21 de abril de 2010

Contacto


Despeinada por la tímida brisa que vencía la ventana semiabierta, el susurro de tu ego rebotaba por las paredes imperfectas hasta llegar a mis oídos…Soy mediterránea y oceánica, a veces ventosa y puedo llegar a ser muy antártica. Puedo ser un delivery, un unplugged o un prêt-à-porter, según la marea y el humor de su oleaje. Me gusta el amor libre, lo original, liberal e impensable. Busco lo políticamente incorrecto y persigo lo imperdonable.

Me gustas tú, pensé observándote.

¿Por qué? Preguntaron tus ojos.

Eres suspicaz, intrigante y temeraria. Hoy sentí tu suspiro lejano y me invadió una duda agridulce por saber quién era el culpable de ese aliento.
Seguiste mirando de nuevo, altanera hacia un costado y allí estaba yo, disimulando lo evidente, ansioso de sentir una vez más tu sonrisa estática acariciarme la cara.
Cruzaste el límite sin saberlo. Y me sentí vivo.
Fue solo un instante.

Eres sutil, íntima y peligrosa. Cuando te miro no puedo evitar escuchar los gritos de tu soledad. Necesitas afecto.
Y si me detengo en tus pupilas elegantes es porque busco desentrañar ese nudo, interpretar tu auxilio.
Y hay veces que, descuidada, te detienes en las mías llenándome de frustración, de ganas de amarte y huirte, de sentirme vivo y dejarme morir a la vez.

Y ahí sigo yo, redibujándote en mis sesos, sabiendo que si pasara un día sin mirarte, sería como si no hubiera hecho algo esencial, como si me hubiese olvidado de despertar.

Y ahí sigues tú, muda e incorpórea, atrapada en ese marco rectangular que te congela eternamente.

miércoles 14 de abril de 2010

Conexiones


Se debían un café.

Apenas amoldadas sus carnes a la incómoda butaca del pájaro mecánico, unos labios finos como navajas le susurraron rígidamente “Señor, debe apagar ahora mismo su teléfono”. Levantó levemente su cabeza, vio la mirada policiaca de la azafata clavándose directamente en sus ojos y siguió cabizbajo la orden emanada.
Había logrado, sin embargo, alcanzar a leer el mensaje que recién le había llegado: “…es como si todo sueño alguna vez soñado estuviera fuera de mi alcance…el cacerolazo convulsionó la ciudad y no pude llegar a tiempo…cuando vuelvas seguramente lograremos vernos. Besos”

Sentado en una mesita de un bar sobre una transitada avenida de la ciudad, había ya consumido tres cafés, dos ginebras y todos los atados de cigarrillos de cariño y sin papel que había traído consigo para esa ocasión. La melodía de la banda sonora de “The Hours” de Philip Glass se reproducía ya mecánicamente y por defecto en sus oídos a través del reproductor de su móvil. La muchedumbre alborotada y multicolor que transcurría del otro lado de la ventana no hacía más que enfrentarlo una y otra vez con la silla vacía que llenaría su cita ausente. Virtual.

Todo se había generado en realidad mucho tiempo antes, por un sueño anhelado y amparado en soledades dispersas geográficamente y unidas a través de la tecnología, por una virtualidad transmitida binariamente en forma de bits pixelados, de fotos tamaño carnet, de espacios virtuales, de redes sociales en las que descubres de pronto que los años pasan y que aquella persona que recordabas sonriente y con piel de terciopelo ahora tiene arrugas en el alma. Virtualidad confundida con una realidad intangible pero existente que, al mismo tiempo, transcurre veloz porque si te pierdes un momento te dan por muerto, insultando así hasta al más poético y convencido suicida.

Nos debíamos un café, masticó ácida su boca mientras se ajustaba el cinturón de seguridad ya pronto para el retorno.
Sabía que el cacerolazo nunca había existido.
Sacó de su sobretodo el libro que siempre lo acompañaba. Lo abrió en una página cualquiera y leyó azarosamente la primera frase que secuestrara su vista.
“Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”. Era como si Jean-Paul (a él le gustaba llamarlo por su nombre) hablara de ella. De él. De todos y ninguno.
Cerró el libro, apoyó su cabeza sobre el respaldo del asiento y cerró los ojos.
Y mientras sentía su cuerpo ganar gravedad elevándose entre las nubes, retornó a su mente aquél acertijo que desde hacía años masturbaba sus sesos: soy yo el que sueña o es el sueño que entra en mí?

El café él ya se lo había tomado. Y con creces.
Ahora se debían un amor.


Foto: "Sueno" - S. Dalí

lunes 12 de abril de 2010

Déjame...





Arrabalera forma de decir,

simplemente deja dejarme soñarte
pero sin dejarme
y sin parar.

viernes 9 de abril de 2010

Inacabado


Ellos sueñan.
Sueñan el ser sensibles a ellos,
a las caricias del viento y al oxígeno de sus biodiversidades emocionales.
A sus ojos apaciguados por lenguas adormecidas de placer,
gemidos silenciosos y circunstanciales con gotas de amor agitadas y fugitivas,
a retinas desenfocadas y borrosas por alientos ahogados,
suspendidos en cataratas de olores húmedos.
Las pupilas se violan y los cristales se empañan
por el suave roce al ritmo de un oleaje íntimo
como meciéndose en un carruaje.

El placer de la lentitud
finalmente sucumbió ante el sudor emanado de sus ojos lánguidos
por una historia inacabada,
una despedida jamás pronunciada.

viernes 2 de abril de 2010

Onírico platónico


Abrumado, aturdido,
sutilmente suspendido y ahogado por el recuerdo olvidado.

Princesa con nombre de desierto, átame a tu árbol
y deja que tus ojos violen mis pupilas.
Diosa egipcia con alma de gitana, flúyeme en tus venas andaluzas
para recorrer juntos los secretos que han nutrido tu sangre joven.
Sazóname de ti una vez más,
coge mi mano y guíame con tu ausente presencia
hacia la barcaza que nos lleve
donde los sueños, ya no sueños son.

Levitando resignado
se le había olvidado que no la había olvidado.

lunes 29 de marzo de 2010

Quietud


De qué se trata todo esto?
He emprendido un camino, tortuoso y recto a la vez. Las curvas y obstáculos están marcados por mi mente
y la linealidad por el sendero desértico.

He emprendido un viaje solitario hacia el todo y la nada.
Y lo peor es que no puedo excusarme ni en mi locura,
porque si tal fuera la causa,
no asumiría tan plácidamente ser parte de ella
mas dejaría que su mano me guíe realísticamente
hacia ti.

miércoles 24 de marzo de 2010

Scherzo ad líbitum con afecto


La algarabía típica de su ser joven había quedado sepultada bajo una muchedumbre de escombros oníricos.
En ese viaje narcotizado y abstracto en sus recuerdos apagados no pudo ver de nuevo lo que, en algún momento, vislumbró. Simplemente una sombra de lo que añoró, un tímido bosquejo en blanco y negro de su nostalgia mal desdibujada.
El grito ahogado por el peso de su cuerpo hacía aún más insoportable esa incómoda gravedad que no le permitía olvidarse del paso por ese instante tan asquerosamente mundano y monótono, insoslayable. Y por el temor de que una miserable gota de sudor llegara a manchar el cuello blanco de su camisa impoluta.
La multitud vociferante de su alrededor lo transportaba a su más íntima y plácida soledad significativa.
Recordó que entre los peores dramas del mundo, el sol existe para todos.
O casi.

En el interior de su ataúd encontraron delicadamente tallado con uñas y sangre: “La próxima vez llórenme de verdad. Y quiero un bolígrafo”

martes 16 de marzo de 2010

El Marqués


Cuando el Marqués de Génova y Señor de Volterra, don Guglielmo de Ferrari, convocó solemnemente a su propio velorio, solo sus recuerdos y un par de mortales acudieron.

Con un metro y noventa y cuatro centímetros de estatura, ojos azules y penetrantes, cabello rubio ensortijado y cejas gruesas muy tupidas, era una mezcla entre la genialidad de Beethoven, el humor de Woody Allen, la locura de Mozart, el amor por las mujeres de Tiger Woods, el histrionismo de Vittorio Gassman y los actos fallidos de Berlusconi.

Recordó cómo muchos años antes había decidido casarse con doña Carmela, la más plebeya de todas las plebeyas sicilianas de la época. Hija natural de una sirvienta, nada conocía de la Noblesse mas era experta en los paganos artilugios del amor y sus secretos para acaparar hombres con sus curvas reventonas.

Pero aquí no se hablará de eso, ni del velorio pre mortem que en ese instante se estaba realizando a su alrededor. Apenas unas cortinas de terciopelo rojo descoloridas por el sol, un par de conejos inexistentes y surreales volando en la habitación, una enfermera maldispuesta e impaciente y un muchachito al lado de su cama que observaba minuciosamente como el temblor de la mano derecha del Marqués derramaba el Earl Grey Tea sobre el platito de la astillada taza victoriana provocando un constante tintineo agudo que, curiosamente, se asemejaría mucho al sonido emitido nombrado en otras culturas como “llamador de ángeles”, eran los testigos mudos de cómo ese mastodonte anacrónico saboreaba de a ratos su infusión mientras le miraba el escote a la enfermera.
Lejos estaban los tiempos en los que sus tres hijos asistían a clases de piano privadas y a cortejos aristocráticos de la nobleza italiana. El palacio en el que solían vivir frente a la plaza de Génova que aún lleva su apellido, fue rápida y malamente vendido para emprender otros caminos, más “republicanos”, por así decirlo. El Marqués que ya no era Marqués ahora debía pagar impuestos y ya no gozaba de ciertos favores ni exenciones. Cuando los vientos republicanos acompañaron cortésmente y demasiado educadamente a la casa reinante de los Saboya hacia su exilio en Portugal, la joven República Italiana debía reconstruirse tras las atrocidades de la guerra y desteñir el color negro de sus camisas para reteñirlas de verde esperanza.
La partida forzada de los Saboya no solo había significado el despojo de cualquier título nobiliario en Italia a los que lo tuvieran, sino, sobre todo, la muerte lenta pero inexorable de muchos sueños. Las vidas cambiaron de rumbo, la sangre se tiñó de rojo para todos, doña Carmela dejó de ser plebeya, el Marqués no pudo seguir tocando impunemente traseros amparado por su título y el ser súbdito se convirtió propiedad privada exclusiva de Dios.
Así fue que el buen Marqués se metió en vaya a saber cuáles extraños menesteres mundanos y terrenales que, combinados con su afán por el juego a las cartas y al amor de mujeres que huelen a todos y ninguno, terminó yendo a ofrecer hasta el papel de su caduco título nobiliario a los Archivos Históricos Nacionales Italianos y al Instituto de Heráldica Italiana con la esperanza de que le dieran lo suficiente como para sobrevivir. Pero ya es de saber popular que el Estado nunca paga bien…

Cesare Guglielmo y María Caterina, sus dos primeros hijos, le terminarían pagando una escuálida habitación en una casa de salud especializada en enfermos de Parkinson en una hermosa y desolada colina boscosa en algún lugar de Liguria, lo suficientemente lejos de Génova como para no evocar con vergüenza su pasado palaciego y aristócrata provocando así las sonrisitas irónicas de las enfermeras más veteranas. Pero lo suficientemente cerca de la civilización como para no tener que gastar demasiado en transportar su féretro a la primera señal, aparente o no, de muerte.
Doña Carmela se fugaría, años más tarde, hacia otras fantásticas y alucinantes aventuras de la mano del señor Alzheimer, menos carnales pero igual de placenteras.

Algunos años antes de la muerte del Marqués que ya no era Marqués, del vientre de su tercera y última hija, doña Guglielmina, nacería mi hermana y luego yo.
Lo único que heredé del Marqués fue, además de las deudas reclamadas por el Fisco Italiano, mi devoción hacia los traseros, los escotes y los cambios de aceras de las más dignas caderas.
Pero esa ya es otra historia.

miércoles 2 de diciembre de 2009

Discriminación y otras yerbas – Filosofía de oferta


“Odiar es una manera de autoconservarse, hasta la destrucción del otro, mientras que amar es una manera de hacer existir al otro”

Paul-Laurent Assoun

Si alguien se odia por no amar, ¿qué es? ¿Es una forma de autoeliminación inconclusa o es la negación del otro?
Porque autoeliminación, sin atenerse a su forma más extrema, la física, también cobra un significado, quizás, de auto negación. Entonces se desprende casi lógicamente la interrogante de si es posible que la auto negación conlleve a la destrucción del otro, pues sería, por ende, una forma más de negación. Los más quisquillosos apelarían a aquella ley lógica por la cual la doble negación supone una afirmación.
Por otro lado si el amor supone el implícito reconocimiento de la existencia del otro tendríamos que asumir que hay “celestiales” seres humanos que aman a aquellos por los cuales son odiados. Lo cual es una visión, además de burdamente romanticona y falsamente clerical, un tanto irrealista.
Más allá de que quizás el autor quiso referirse a un supuesto de estampo más darwiniano en el que el instinto de supervivencia hace que debamos aniquilar al otro para subsistir y así ganar en la carrera hacia la selección natural, se hace patente el hecho de que más de una duda surge sobre si es posible que un ser no humano reconozca en su cabal sentido, el concepto de odio así como el de amor.
Por un tercer lado apelaremos entonces a la psicología con su principio de polaridad de pares opuestos.
Amor/odio están tan delicadamente delimitados que es prácticamente indiscernible la prevaricación de su barrera.

Según el principio de polaridad de Hermes Trimegisto en su Kybalión: “Todo es doble, todo tiene dos polos, los semejantes y los antagónicos son lo mismo, los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan, todas las verdades son medias verdades; las paradojas pueden reconciliarse”

Y aún sin adentrarnos en un caso de relativismo o absolutismo de la verdad en la que hasta una verdad relativa tiene un grado de absolutismo, una pregunta surge casi espontánea: en un caso, por ejemplo, de discriminación, si hubiera una media verdad, ¿cuál sería? ¿La del indio sobre el blanco, la del negro sobre el asiático, la del islámico sobre el católico, la del comunista por sobre el capitalista?
Y otra pregunta aún más austera: ¿son reconciliables?
Y finalmente la más dura: ¿una media verdad es una verdad o es una mentira?

Pues esto se parece ya mucho al Dr. Frankenstein y su maravilloso monstruo. La maravilla de la globalización si bien nos ha hecho partícipes de una misma aldea global, también ha contribuido a la creación y potenciación de su propio monstruo.
Quisimos jugar a la gran comunidad y a todo lo que esa raíz implica. Pero no aceptamos sus consecuencias oscuras.
Ahora es tarde. La aceleración del tiempo histórico se potencia y no para.
Alea iacta est.

jueves 26 de noviembre de 2009

Destinos


Era ineludible: la forma almendrada de los ojos siempre le recordaba el dulce aroma de la suerte de los amores encontrados.

A dos mesas de ahí las imágenes de la nostalgia del luto se repasaban como un triste caleidoscopio color sepia en la mente de la chica de ojos de almendras. Su mirada revivía cómo diez años antes la fatalidad le había arrancado un amor pueril en una broma de mal gusto del destino. Mientras el cabello negro ondulado hacía juego con sus ojos rendidos y pasivos, sus perlas negras y brillantes se conjugaron por un instante en una intersección fatal con los ojos acuáticos de él. El eterno segundo acompasado por la sapiencia de que está todo entredicho, arrancó una complaciente mueca al eterno amante del luto ajeno y del propio.

De pronto sus mal disimuladas indiferencias son distraídas por un niño mendigo que pide monedas golpeando el vidrio que separa la realidad de la vanidad consumista.
Ella lo mira, él lo mira, el niño sabe, entiende, testigo indigente y mudo de amores callados de un Starbucks miraflorino. Un metro con cuarenta centímetros de limosna e incalculables siglos de colonialismo sobre sus hombros, le regalaron la clase de la calle, la que nunca duerme, la que todos temen, la de la maestra supervivencia, la de “un solcito pa’ comer”, un solcito para soñar, piensa él.

Y ella lo vuelve a mirar, las almendras de sus ojos se mezclan con la mueca de una sonrisa nerviosa. Esas aceitunas negras que esconden su luto y se pierden en el vacío recordándolo. Él la mira y se pierde en las mareas de sus cabellos negros acompasados por una tenue brisa. Ella los huele, los mima, recorre con sus dedos inversamente las olas negras que le acarician despacio los hombros para luego terminar con su dedo índice derecho apoyado sutilmente en su labio inferior.

Las paredes imperfectas de una habitación cedían su protagonismo al roce de dos cuerpos húmedos y ansiosos con sus lenguas violándose intermitentemente en oleajes diversos, calmos y tempestuosos, reflejo de las ansias de esas carnes voluptuosas y querendonas, de su boca macha y sedienta mordiéndole suavemente el hombro para luego atravesarle la piel y comerle el corazón hasta el viaje primario.
Él, con su inacabada sed de amor.
Ella, con su mejor vestido: su piel.

El tintineo de la monedita sobre el vidrio del niño clavándole sus resignados e incaicos ojos pobres, lo retrajeron.
Él se negó con sus párpados vanidosos, abrió el libro que había traído consigo y se abandonó a sus letras.
“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, gemía el primer párrafo.

Cerró el libro, apagó por un instante sus ojos como para entregarse inerte a su sentencia, la miró con devuelta complicidad, pagó y fue a su encuentro.

sábado 14 de noviembre de 2009

Dead man walking


Nada es por nada.
La sombra que lo precedía ya no anunciaba su cuerpo.
Es un caminante autístico por las calles de una primavera con sabor a otoño antártico.

-Dijiste que lo intentaríamos- murmuraste.
Pero es tan solo un alma en busca de un escape,
una razón para olvidar, por un mínimo instante, su sentencia.
Pero siempre, todo es por algo…nada es por nada.

Los árboles florecen incautos de su pesar.

Es hijo del viento y de mareas desnortadas. Apólide, gitano del mundo,
desterrado de vaya a saber qué pecados carnales,
amores autóctonos y auténticos,
de tierras con olor a olivos y sabanas.

En una masa de carne ambulante que un día de sueños plantó un ciruelo.

Y cuándo el ciruelo deje de florecer solo quedarán esos huesos punzantes,
un esqueleto andante del recuerdo de su propia vanidad.

domingo 8 de noviembre de 2009

Sentidos


Ellos se estudian, ellos se husmean en secreto.
Ellos se van siguiendo los pasos sin querer queriendo. Se buscan, se espían.
Huelen.
Se lamen con lenguas ciegas y enloquecidas que transpiran humedad,
gemidos de pupilas que acompasan la geografía circunstancial de curvas reventonas y gozosas.
Se tocan y despojan,
se deshojan capa por capa de lo que fueron y ya no son.
Se desvisten de una eternidad efímera y arcaica para los profanos.
Desnudos, se comen con la mirada de los que no ven ni conocen.
Aún.

En ese juego de quirúrgica precisión estratégica, no hay mejor estrategia que la de dejarse llevar.

Hacia ti. Contigo.

sábado 31 de octubre de 2009

Flashback



Lima de los ojos querendones, lima con sabor a mango y papaya, humedad que abraza los huesos, de recuerdos que te comen por dentro.

Lima de piel trigueña, zambos rubios y trazos incaicos, de ojos almendrados, la del malecón que llora todo el día, de los náufragos de sentimientos.

Lima wi-fi, del roce de tu mano con la mía, Lima con sabor a ti y olor a ella, la de parejas besándose desnudas y encuentros fortuitos que huellan la piel, de carnes amoldándose a las otras.

Muchacha picante de ojos tristes, hija del río y ganada al desierto me confieso ante ti para que me hagas pecar de nuevo.

Lima contradictoria, amor de mi vida,
la muerte es mucho más dulce si tiene sabor a pisco.