
No me encuentro y no sé dónde empezar a buscar, no paro de salir ni de estar adentro, tengo insomnio pasajero y agotamiento diurno. No logro centrarme en nada y por tanto a nada llego. Lo que durante años pensé tener firmemente agarrado lo siento escurrirse de mis manos con la misma facilidad con la que se te va una burbuja de jabón soplada al aire o una tímida brisa que pensabas tener bien sujeta a ti, que te hace fuerte y te alienta pero que, cuándo más la necesitas, te das cuenta que nada tienes sino aire.
Necesito mirarle a los ojos y pensar que saldremos adelante, me repito a cada instante.
No sé vivir sin pasión, la busco, la invento, la redibujo en sus ojos, en las noches en las que, tras hacer el amor, me fumo algo para recomponer las fuerzas para empezar de nuevo, sustentar mi agotamiento interno, desarticular mi tortícolis provocada por no querer mirar hacia el costado dando continuamente segundas, terceras e infinitas posibilidades a una relación sin un final con sorpresa, en la que uno tira y el otro también. Pero del lado opuesto.
O todo para que, en fin de cuentas, los pequeños cimientos de (sur) realismo que siento bajo mis pies desnudos me mantengan en puntillas pero estable. Yo misma soy bailarina de mi propia vida. Y ahora que, acostados los niños y segura de que la ausente presencia de él está ya inerme y dormida en la cama, doy riendas sueltas a mi imaginación recorriendo a la velocidad de la luz un mundo entero plagado de letras y músicas.
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La mayoría de los finales de tus días de primavera tienen gusto a otoño avanzado, letras y voces lejanas. Tal vez a tan solo unas calles de ti, vegeto yo, un bestiario antropomorfo masturbándome el ego, un puerco que no logra ser dueño ni de sus palabras y remplazo mi vacío emotivo copiando poemas ajenos y haciéndolos pasar por propios para llenar mi solitaria frustración existencial.
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En este hemisferio el otoño ya irrumpió prepotentemente dejando atrás los recuerdos casi borrosos del amor veraniego que dejó huellas en mí. Ese amor que me había devuelto furtivamente las ganas de creer, de confiar, de soñar. Yo, muchacha activa pero de domingos remolones después de sábados llenos de cervezas y chilcanos, me refugio por las noches en mi música y recuerdos de aquel muchacho que jamás se irá de mi corazón. Con poco menos de treinta otoños sobre mis hombros, recuerdo cómo el sonido del mecerse íntimo de las caracolas acompañaba nuestros momentos de pasión en aquella habitación frente al mar.
Pero ahora, en estas noches y a solas conmigo misma, no dejo de preguntarme el por qué siempre pierdo todo lo que quiero. O quizás no. Dejaré viajar mis sueños de la mano de ustedes para traspasar la velocidad de la luz y aposentarlos en algún lugar imaginario del globo terráqueo.
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Y yo aquí, al sur y a orillas de un río que supo ser carruaje de plata y oros de otros tiempos y lugares, me enciendo un cigarrillo tras de otro observando como todo sueño se me hace humo. Mis noches son invadidas por imágenes de tango con tajos en la falda, hombres que huelen a contención, ternura y desayuno en la cama. Y a la espera de que alguien sepa arañarme el corazón con un adjetivo inspirado y posesivo, viajo por los vaivenes de mis tiernas fantasías con la esperanza de que el Año Nuevo no me traiga lo nuevo, sino tan solo lo bueno y certero. Enviaré mis deseos para que den la vuelta al mundo en ochenta segundos.
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Por aquí es un día gris, uno de esos días en los que daría lo mismo ir al cine o a un entierro.
Vuelvo a mi casa para cenar con mi gato. La tímida luz del estar refleja las sombras que los libros dejan plasmadas sobre las paredes. Soy un puerto maltratado por las olas. Pocos amores, todos frustrados, algunos cobardes, otros usureros, algunos quizás aún vivos. Mi cama es una de dos plazas, al singular. Viajaré por los océanos modernos hacia ti para que, aunque no llenes mi cama, nutras mi alma.
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Soy una abuela sin nietos, mi seco vientre, aunque amado hasta el delirio, nunca pudo dar sus frutos. Tengo arrugas en la cara, una línea por cada día sin verlo tras su muerte. Religiosamente cada noche preparo la cena para dos a sabiendas que una porción siempre termina inexorablemente sobrando para el día siguiente. Los radiales para viudos de las medianoches han sido remplazados por tecnologías más innovadoras. Me gusta leer y, al hacerlo, siento como si viajara con él, mi amado ausente.
Almas, simplemente personas que, inconscientemente o no, liberan por un instante anhelos y sueños perdidos en cajones remotos y conectan, en el mismo idéntico momento, sus soledades internas en un mismo espacio, desde geografías y horarios diferentes.
Un clic errático pero siempre definido y minuciosamente dirigido hacia la pantalla de un blog dibujado por otro ser, también en soledad.